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FM 98.9

La historia de Robert, el hombre que pasó 20 años rastreando un arte perdido en el tiempo.

De las joyas de Máximo Santos a los talleres anónimos: el rescate documental de una tradición que marcó la cultura y el campo del Uruguay.

“No se ha podido continuar con esa línea de espectacularidad que hubo en las primeras piezas de platería criolla, y al día de hoy lo que se puede ver son artículos muy básicos, muy simples, donde la mano del platero no la ves reflejada en la pieza”.

Robert Retamar está instalado desde hace 40 años en Fray Bentos, en el departamento de Río Negro, donde gestiona un hotel familiar que suele servir de escala para los argentinos que cruzan el charco rumbo a vacacionar en el este del país.

Por fuera de su empleo en el sector turístico, siempre fue un apasionado de la cuchillería. Esa fascinación encontraba sustento tanto en la riqueza y el valor simbólico del cuchillo dentro de la tradición oriental, como en su vigencia en una de las costumbres más arraigadas del país. “Llega el domingo y cada uruguayo se come un asado. Cada uno tiene su cuchillo adquirido en algún momento en una casa de remate o de subasta”, explica en diálogo con Montevideo Portal.

Ese interés fue la puerta de entrada al mundo de la platería criolla, que pronto se convirtió en una de sus grandes pasiones: aquellas bombillas, hebillas, pasadores, estribos, espuelas, entre otros artículos elaborados con plata y oro de una calidad que no se usa en la actualidad.

Sin embargo, una vez sumergido en ese universo, advirtió un problema: aquellas piezas de más de un siglo que tanto lo cautivaban, carecían de registro sobre su origen y sobre los artesanos que las habían trabajado. La historia de la platería estaba a la vista, pero no había sido contada.

“Detrás de la platería criolla en nuestro país hay una historia riquísima que no había sido relevada hasta el día de hoy con respecto a los plateros. Sabíamos de la existencia de ellos, pero no había información fidedigna, no había documentos”, expone Retamar. “Era un debe del Uruguay todo. Porque ahí en Montevideo tenemos el Museo del Gaucho y la Moneda donde hay piezas relacionadas a ex presidentes, caudillos, pero no había un documento en papel con la historia de ellas y de cada uno de los plateros que las hicieron”, agrega.

Así, impulsado por la pasión y por la idea de saldar esa deuda, se propuso indagar sobre aquellos artesanos que plasmaron su arte en esos metales nobles. Luego de 15 años de investigación —que incluyeron comprar información, reconstruir árboles genealógicos y localizar documentos de hasta 140 años de antigüedad—, lanzó su primer libro, Sarandí 250, en 2021, y su obra complementaria, Plateros Orientales, en 2025.

De la gloria al olvido: la huella muda del platero.

Cuando Robert inició su investigación, se adentraba en un territorio vasto y poco explorado, casi como quien navega en un océano inmenso y solitario, por tres razones fundamentales. La primera: la antigüedad de las piezas. “Estamos hablando de personas que pasaron por nuestra historia hace 140 años, de las cuales lo único que podemos obtener al día de hoy son registros parroquiales sobre, por ejemplo, un bautismo, una fecha de casamiento, de nacimiento, de defunción. A partir de ahí, había que armar toda la historia de cada uno de ellos y encima de eso agregar la pieza que, en este caso, mucho de ellos la sellaban con su nombre”, explica.

Los orígenes de la platería en el Río de la Plata se hunden más de 500 años en el pasado, hasta los tiempos de la colonización española, cuando en los barcos que cruzaban el Atlántico llegaban artesanos y plateros. Para aquel entonces, el oficio era muy incipiente, de técnicas limitadas y producción sencilla. “Los plateros en esa época no trabajaban para clientes finales, sino que lo hacían en una relación de dependencia, por ejemplo, con las iglesias, haciendo piezas como vasos, cálices…”, narra Robert.

Durante siglos, la platería se mantuvo ligada a esa lógica austera y funcional. Recién hacia 1850 comenzaría a transformarse, dando paso a una etapa de expansión tanto comercial como artística. Y esto no fue casualidad: se explica por la fuerte ola inmigrante que llegó desde toda Europa escapando de la pobreza y buscando nuevas oportunidades. “Yo siempre tomo como referencia el fin de la Guerra Grande en 1851, cuando Uruguay estaba destruido económica y humanamente”, dice Retamar. “Llegaron inmigrantes que ya tenían oficio adquirido desde sus países de origen”, agrega.

Con ellos, desembarcaron también nuevas formas de trabajar el metal, estilos diversos, corrientes artísticas y una cultura del oficio más desarrollada. Al mismo tiempo, comenzaron a multiplicarse los comercios que darían forma al naciente entramado empresarial del país. Sin embargo, a la platería criolla le faltaría un último empujón para consolidarse como expresión distintiva, y ese salto llegaría unas décadas más tarde, durante la presidencia de Máximo Santos.

“Yo catalogo entre 1880 y 1940 como la época dorada de la platería criolla”, afirma Robert. “Al ser presidente uruguayo, Máximo Santos impulsó los trabajos en platería porque tenía mucha afición por el lujo, por la sofisticación, y además no escatimaba en gastos”, explica.

El propio valor de los materiales con los que trabajaban los plateros —plata y oro de libra esterlina, de una calidad muy superior a la actual— hacía que estas piezas quedaran reservadas para sectores privilegiados de la sociedad. “Cada persona la exhibía con orgullo como parte de su atuendo, para lucirse ante la sociedad, y por eso se hicieron trabajos excelentes en esta época”, detalla Robert sobre el período mencionado. Entre los casos más representativos aparecen Máximo Santos y Aparicio Saravia, propietarios de algunas de las piezas más destacadas de la historia del país.

No obstante, los talleres también elaboraban artículos más sobrios, de plata lisa, destinadas a quienes no podían acceder a trabajos más lujos. Así, la platería no solo distinguía a las élites, sino que también encontraba su lugar —con otras formas y calidad de materiales— en la vida cotidiana.

Cada pueblo de Uruguay tenía su propio platero, y es allí donde emerge el segundo obstáculo para la investigación de Robert. Para aquel entonces, todos los comercios debían pagarle un impuesto al Estado —de unos $ 50 mensuales para 1881—, que buscaba controlar la calidad y llevar un registro de los artesanos, algo que muchos pequeños orfebres no tenían la capacidad de pagar. Quienes no lo hacían, corrían el riesgo de recibir una multa económica importante. “Eso hizo que muchos pequeños talleres no sellaran sus piezas, porque sellar sus piezas significaba una marca de identificación para el Estado. Entonces hubo artesanos que hicieron platerías hermosas, pero trabajos anónimos que no se los podemos adjudicar a ninguna persona”, relata Robert.

A ese vacío documental se suma un corte más profundo. Buena parte de la información generada por los plateros se interrumpe con la desaparición de la platería criolla hacia 1940, al punto que nunca más volvieron a verse piezas como las producidas entre 1880 y ese año. “Tomo 1940 porque fue el año en que falleció Alipio Suárez, que confeccionó el recado de Aparicio Saravia y fue uno de los últimos grandes plateros que pasaron por nuestro país”, afirma Robert. “Con su fallecimiento, se cierra el ciclo de grandes piezas destacadas de platería”.

A partir de ese quiebre, el rumbo de la platería criolla cambió para siempre. Ya desde inicios del siglo XX, el uso de metales blancos había empezado a ganar terreno como una alternativa más económica y ampliando el acceso a estos artículos. “Se empezó a importar metal blanco desde Francia y Alemania, lo cual hizo abaratar el costo de esa pieza y trasladarlo al cliente. El que perdía ahí era el platero, porque eran piezas fabricadas en serie, más baratas que un trabajo artesanal hecho con las manos de ellos”, explica Robert. “Estribos, rebenques, hebillas, todo pasó a ser de metal blanco porque tenía un valor significativamente menor a la plata. Eso hizo que fueran desapareciendo paulatinamente todos los plateros”, agrega.

La lógica del mercado terminó por imponerse sobre la del oficio. Con una industria cada vez más orientada a reducir costos, no hubo un recambio generacional capaz de sostener el nivel de excelencia alcanzado en décadas anteriores. Los grandes maestros no encontraron continuidad. “Hasta el día de hoy no se ha podido replicar esa calidad de la mano del platero y no hemos podido volver a retomar ese tema. De hecho, Argentina y Brasil están más adelantados que nosotros porque han formado profesionales en la platería a través del tiempo, y al día de hoy se pueden ver mejores piezas que acá en Uruguay”.

Fragmentos de un mapa perdido

La ausencia de trabajos bibliográficos sobre el tema obligó a Robert a empezar prácticamente desde cero. “Por ejemplo, sobre Artigas se han escrito 1.000 libros, entonces hay una buena base de información. Pero sobre personas anónimas como el platero Manuel Corsi, que estuvo ahí en Montevideo, ningún uruguayo sabe quién es”, indica.

El desafío era tan ambicioso como complejo: rastrear a todos los plateros que existieron en Uruguay, construir sus perfiles a través de fragmentos dispersos y, además, encontrar piezas que permitieran identificar su estilo y su mano sobre el metal. Solo así sería posible comprender, con una profundidad inédita, la historia de la platería y su lugar en la cultura del país.

“La información está dentro de nuestro país, pero aparece en cuentagotas, es muy limitada”, explica Robert, haciendo énfasis en que la paciencia es la clave del éxito: “el que se apura en esto, pierde”. Su búsqueda empezó en archivos y documentos de época, sobre todo en facturas y avisos comerciales. Eso lo llevó a recorrer cientos de kilómetros y a pasar horas en la Biblioteca Nacional, revisando uno por uno los diarios de distintos departamentos en busca de algún indicio: una mención, un anuncio, una pista que permitiera ubicar a un platero en el tiempo.

Como toda investigación minuciosa, fue armando el rompecabezas pieza a pieza. De día atendía su hotel. De noche, mientras los huéspedes descansaban, avanzaba en un trabajo paciente y silencioso. “Es un puzle que tenés que ir armando pieza por pieza, departamento por departamento, pueblo por pueblo”.

No siempre las respuestas estaban al alcance de la mano. A veces había que recurrir al ingenio —y también al bolsillo—. En una ocasión, luego de adquirir una pieza firmada por el platero Leopoldo Bonetti, se encontró con que todavía seguía sin datos sobre su autor. “Me contacté con una persona de Lavalleja que tenía un libro de Minas de 1907, donde estaban relevados todos los comerciantes que estaban activos en esa época”, recuerda. Ese volumen resultaba clave para conocer la vida de Bonetti y avanzar en su investigación. Apremiado por la necesidad, Robert terminó pagando US$ 150 por un libro del que solo necesitó una pequeña imagen de 5 x 5 centímetros y tres renglones de información.

Con los nombres ya identificados, el siguiente paso era rastrear a sus descendientes. “Hubo un platero que está dentro del libro, Alfredo Guadalupe, que me pude contactar con el bisnieto y me proporcionó fotos de los punzones que usaba, de algunas piezas que él tenía en su casa”. Así, entre documentos, hallazgos y contactos, la investigación fue tomando forma.

Lo que comenzó como una inquietud personal terminó convirtiéndose en una tarea de largo aliento. Tras casi dos décadas de trabajo, Robert logró reconstruir la historia de 100 plateros y de las casas comerciales vinculadas al rubro, llenando un vacío que la historia de la artesanía y cuchillería en Uruguay arrastraba desde siempre.

Oficio perdido, tesoro vigente.

Hoy resulta difícil imaginar que la cabezada de un caballo, las espuelas o el rebenque del apero de un hombre de campo—e incluso objetos cotidianos como bombillas y cuchillos— estuvieran confeccionados en plata con apliques de oro, como ocurría hace 140 años atrás. En primer lugar, por el costo que implicaría para cualquier cliente. “Eso ya no existe más. Si un cliente va a una joyería hoy en día y pide un trabajo en platería criolla, no le van a poner el mejor oro que usaba Máximo Santos”, subraya Robert.

A esa barrera económica se suma otra más profunda: la pérdida del saber. El conocimiento técnico y artístico de aquellos orfebres no tuvo continuidad, lo que vuelve imposible replicar el nivel de aquellas piezas. “En la época de Máximo Santos estaba la Escuela Nacional de Artes y Oficios que tenía maestros plateros que enseñaban a sus alumnos el oficio”, explica. La desaparición del instituto fue, según señala, otro golpe decisivo para el declive de la platería criolla tradicional. “Hoy se hacen piezas que cumplen una función meramente estética o de cobertura para la hoja de un cuchillo, pero su calidad es muy inferior a lo que vimos en su momento”, agrega.

Sin embargo, la distancia en el tiempo no ha erosionado su valor. Por el contrario, el peso patrimonial, cultural y artístico de estas piezas mantiene viva la platería criolla en Uruguay. “La platería criolla en sí misma se defiende al día de hoy porque hay nuevos compradores, hay nuevos vendedores, y siempre va a haber gente interesada en adquirir una pieza. No es que se terminó el tema con el fallecimiento de todos esos plateros, el mercado continúa”, sostiene Robert.

Esta vigencia también se refleja en el circuito de subastas, donde la exclusividad de los objetos dispara cifras exorbitantes. Un ejemplo emblemático es el apero de Aparicio Saravia, subastado en 2011 por US$ 360 mil. “Yo he visto pagar un cuchillo con vaina enteriza de plata y oro entre US$ 8 mil y US$ 10 mil”, comenta.

En lo personal, Retamar también construyó su propio vínculo con estas piezas. Su colección —iniciada durante la investigación de sus libros— reúne bombillas, hebillas y otros objetos de platería. “Yo pienso que mi colección puede ser un legado para mis hijos, para que sepan que su padre hizo un trabajo sobre un tema que nadie había incursionado y que están como testigo las piezas”, explica.

Para él, incluso antes de la publicación de sus libros, la platería criolla ya tenía un reconocimiento importante, en buena medida gracias a espacios como el Museo del Gaucho y la Moneda, donde se conservan piezas vinculadas a caudillos y figuras clave de la historia nacional. “Yo creo que la forma de valorarla es justamente eso: teniendo un museo como se tiene actualmente para que los uruguayos puedan ver que hace 130 años había personas radicadas acá que hicieron esos trabajos”, señala. “Tal vez no está tan documentada y era lo que faltaba, porque no había ningún libro de plateros. El mío es el primero, el libro pionero cuanto a los plateros y su historia”.

(*) Texto y fotos de nota publicada por Clemente Calvo [email protected] en Montevideo Portal.

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